A veces una escena atrae a un elemento que sin intención previa se convierte en el protagonista, iniciando un juego inesperado que exige cerrarse a sí mismo.
Es el caso, por ejemplo, de “las palabras” en el capítulo 10:
“– ¿Como la vida?, en la vida las cosas se explican –le contradice Sebastián.
– ¿Estás reseguro, Sebastián? ¿Cuántas cosas explicas tú, en tu vida?
Sebastián enmudece de golpe. Glups, precisamente ahora, que no puede hablar. Bet levanta la cabeza y se lo queda mirando, como Rafaela.
– Idiota el que explica –Iván contesta por Sebastián–, para que le pillen por los huevos. En la vida hay que ser listo –acompaña su opinión golpeteando con dos dedos su frente.
– Pero las palabras atraen, enamoran –las defiende Sebastián, atreviéndose a mirar a Bet directamente–. El amor está hecho de palabras, ciertas o no.
(…)
Bet se sobresalta. Sebastián cree que ha calado en ella y continúa:
– Explicar es confiar, preguntar es interesarse. Lo mejor llega cuando se abre un corazón cerrado, liberarlo con palabras… ahhh, salen sentimientos desconocidos, intensos.
– O una buena hostia, porque por algo lo tenía cerrado –le rompe el discurso Carlos, burlón.
– No sirven apenas para nada –interviene Rafaela, con cierto deje amargo¬–. Las cosas pasan y ya está. No puedes cambiarlas con palabras.
Y Sebastián se da cuenta en seguida de que tiene razón, de que las palabras no son más que una forma de vivir la vida sin mostrarse, de pasar las horas y de relacionarse sin grandes exigencias. Pero lo que uno verdaderamente quiere se comunica con química, con mensajes ocultos. Las palabras son seducción, son arena en el desierto, mentiras, diversiones, dardos, lindezas, pero nunca la verdad.”
Que cierran después la escena de Sebastián con una conclusión estratégica:
“¡Dios mío, qué pasaría si estuviera totalmente equivocado! Por mucho entusiasmo que le ponga, no puede olvidarse del ridículo. Sólo tengo palabras para atraparla, se dice a sí mismo Sebastián, palabras ambiguas, que no me expongan.”
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O de la escena de la manifestación contra el balneario de Jafre, ya de noche, en la que surgen las luces de un tractor que acabará incluso dándole título:
Primeras luces bajas de batería (Cap. 10)
“El líder señala al tractor ya preparado para partir, que ilumina con sus focos torcidos el campo vecino. Los niños abandonan la esperpéntica ronda y suben al vehículo. Luces a pares surgen en la oscuridad. (…) Un periodista los ilumina con su flash. (…) – No soy sólo yo –replica Pere señalando a los demás y a las parejas de luces que barrenan la oscuridad circundante–. (…) Queremos vender esos bosques, tenemos hijos y nietos –y a su gesto con las manos los ojos de luces encienden motores. Tres tractores se acercan al pueblo. (…) El mal camino apenas alumbrado por la batería de un tractor se traga a un gentío que aprovecha el encuentro para ponerse al día de sus cosas.”