Las personas no distinguimos lo que sucede de cómo lo vemos, por ello he elegido para la novela un estilo propio que funde descripciones, pensamientos y diálogos en los párrafos sin distinciones ajenas a nuestro pensamiento como comillas o guiones:
“¿Y Octàvia, cómo está?, piensa en ella de pronto, en un intento por olvidarse del partido bajo la cálida agua de la ducha. Cómo le ha ganado Sebastián, si parecía estar en la luna. Mal, no lo entiendo, le confiesa Sebastián mientras se visten, ya hemos pasado por esto alguna vez, y ella o no ha visto nada o no ha querido verlo, pero ahora está, no sé, difícil, hace cosas raras, sabe algo, desde luego, pero no sé qué. Debe de estar acojonada, Sebastián, se compadece Jacinto, ya no tiene físico ni empuje para rehacer su vida.”
Como reconozco que en las conversaciones se hace difícil distinguir de quién son las frases, establezco una convención: todo lo que dice un personaje hasta que es interrumpido por el otro o por una descripción, va entre comas. El punto y seguido cambia de personaje. Así es más fácil.
En este párrafo, además, he descubierto una técnica que me ha divertido y que voy a utilizar más, incluso en mis contenidos digitales: alternar autodiálogo con diálogo y acción. Lo que piensa uno realizando una acción es luego contestado por el otro entremedio de otra acción, y así se describe la escena y el diálogo. Muy interesante. Y más teniendo en cuenta que es el final de una partida de golf en que Sebastián y Jacinto dialogan sobre un asunto clave sin perder por ello sus ansias de ganar. ¿Normal entre hombres, no?