Inspector Pool

Así empieza “Inspector Pool, tal vez”:

 

CAPíTULO 1. Toda historia es una patraña

1.1. Rompiendo el hielo

Eran las diez en punto y habían sido todos muy puntuales. Se miraban, entre tímidos y curiosos, esperando a alguien con aspecto de liderar el embrionario grupo.

Sebastián había peinado a fondo sus abundantes canas hacia atrás. Olía a Hermès. Sus gafas fotocromáticas no habían aclarado aún su opacidad frente al fuerte sol que hacía a principios de octubre.

Bet llegaba algo descompuesta. No controlaba metros y autobuses desde Renfe a plaza Virreina y estaba segura de que en algo se había equivocado, pues había llegado inesperadamente justa de tiempo.

Rafaela también llevaba el traqueteo del tren pegado a sus nervios. Tenía que llegar a la hora. Temía llegar. ¿Qué le iban a pedir? ¿Sería capaz?

Iván venía con el mono de la fábrica enrollado en la mochila. Ya llevaba un rato rondando la plaza, aunque le había costado aparcar el coche, ya se sabe, ¡Gràcia! Prefería regalarse ahora tiempo porque a la salida… la una no era buena hora para cruzar Barcelona y llegar al turno de mediodía de Pastas La Concubina, en Rubí.

Pasados diez minutos, unos frente a otros, sudando en sus sillas de plástico, miraban por hacer algo esa habitación cuyas paredes se sabrían de memoria al cabo de unos meses.

Rafaela rompió el hielo.

– Bueno, chiquillos. Pues yo soy Rafaela.

– Yo, Sebastián, o Sebastià, como gustéis.

– Yo soy Bet y vengo de Girona.

– Yo, Iván.

– ¿De Girona? –se emociona Sebastián–. ¡Yo soy de Girona! Pero hace años que me fui. Ahora vivo en Mataró.

– ¿En Mataró? –exclama Rafaela–. Yo vivo en Arenys de Munt. ¿No te dedicarás al textil?

– ¡Sí! –dice Sebastián–. Tengo…

– Hola, chicos. Disculpen mi retraso. Yo soy Mariano, el profesor de ustedes.

Una sonrisa insegura aparece en boca de todos. ¡Qué miedo da esa mesa de dos metros por metro de ancho en torno a la que están sentados! Y este que acaba de entrar, tanto puede ser el instrumento divino para alcanzar el cielo como el que los hunda en el peor de los abismos: el de la mediocridad.

– Bien, chicos. ¿Listos para enfrentarse a sus sueños?

Primera versión